Nací en un pueblo de la Provincia del Chaco hace ya 50 y tantos años, en esa época se acostumbraba a jugar en la calle, no había peligro alguno y recuerdo cuando nos juntábamos lógicamente después de hacer las tareas, los chicos del barrio y ahí pasaba un niño humilde con su canasta vendiendo tortas fritas, vociferando “tortas fritas calentitas que las hace mi mamita”. Su nombre era Roberto la mamá lo llamaba Robertito, nosotros como casi todos los niños, crueles y para divertirnos un rato le decíamos Tito, él se encargaba con su voz tímida de aclarar soy Roberto, caso omiso que hacíamos todos, tal vez tomarlo de punto para jugar un rato nada más que por eso. Siendo más grande, cierto día Tito no pasó más y ahí empezamos a extrañar la costumbre de verlo siempre a la misma hora y jugar un poco, era para todos común y fue entonces que la curiosidad se apoderó de nosotros, preguntando a uno y a otro, supimos que a su mamá la habían tomado en una casa de familia para trabajar con cama y como eran los dos solitos se fueron del barrio.
Nos fuimos haciendo grandes y cada cual tomó su rumbo, de Tito ni noticias. Me fui a estudiar a Capital Federal y me quedé a vivir allí, de tanto en tanto vuelvo a mi pueblo a visitar a la poca familia que aún me queda, aquellos viejos amigos y siempre una vuelta por el cementerio como es mi costumbre. Pero en mi último viaje viví una experiencia entre dolorosa y sorprendente cruzando la calzada, me llevó por delante un joven en moto que en rigor de verdad yo crucé mal y él venía muy fuerte, ambas cosas se conjugaron para que sufriera un accidente, mi cuerpo quedó desparramado sobre la cinta asfáltica, pegando mal mi brazo izquierdo. Gente que andaba por ahí me socorrió, llamaron rápidamente a la ambulancia y fui trasladada al Hospital Municipal con una atención extraordinaria, pasado un tiempo y radiografía de por medio “tenía la muñeca quebrada” y ya un poco más tranquila producto de fármacos comienzan las preguntas de rigor. Se acerca el Doctor impecablemente vestido y se sienta a mi lado.
¿Cómo se encuentra Señora?
Mejor
¿De dónde es Usted?
De Capital Federal le dije, me encuentro aquí visitando viejos amigos, algún que otro familiar que me queda y también una vuelta por el cementerio, no olvido mis raíces de tanto en tanto vengo, viví en este pueblo hasta que fui Señorita, después nos fimos con mis padres a la Capital, mi papá por trabajo y yo por estudio, pero recuerdo con mucho cariño cuando éramos chicos claro eran otras épocas, no sé si usted conoce atrás de la aguas corrientes, había como una cortada y era costumbre después que hacíamos las tareas juntarnos un rato.
¡Cuántos recuerdos!
¡Si señora conozco, yo también soy de acá! ¿Y no recuerda a un niño que pasaba todos los días con una canasta vendiendo tortas fritas?
¿Un niño?
¡Si un jovencito que ustedes en tono burlón gritaban chau Tito!
¿Tito, a ver déjeme pensar, Tito, el del canasto? ¡Ah… si ahora recuerdo, con ese chico nos pasó algo curioso, un día no lo vimos más, se fue a la gran ciudad con su mamá y no supimos más de él.
Usted doctor lo conoció?
¡Si y muy bien!
¡Qué cosa es la vida ya se me había olvidado parte del pasado.
Qué lindo doctor, me llevó a la infancia donde fui muy feliz, quien sabe que habrá sido de la vida de aquél pobre chicos, se lo tragó la tierra. Alguna vez tuvo noticias de él. Y con una lágrima que se asomó indiscreta me dijo:
¡Yo soy Roberto Muñoz al que ustedes llamaban Tito!
Nos abrazamos y llorando le dije:
“Perdón, éramos chicos”
MARÍA ISABEL CHÁVEZ
Del libro “Amalgama” 2019