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Julio Zapata

“Si te molesta escucharla… imaginá sufrirla”

25N
“Si te molesta escucharla… imaginá sufrirla”

Más de 185 femicidios en lo que va del año. Uno cada 36 horas.
Esa frase debería alcanzarnos para entender la dimensión de la tragedia. Cada número, cada registro, cada línea de una estadística no es un dato: es una vida arrancada, una familia destruida, una comunidad atravesada por un dolor que no termina. Es también la señal más cruda de una política de abandono. Y duele decirlo: no es un mito, no es una exageración, no es algo lejano. Es real. Existe. Y se traduce en asesinatos, en orfandad, en soledad y en un Estado que llega tarde, cuando llega.

Vivimos en un sistema de desigualdad que coloca a las mujeres en desventaja y vulnerabilidad frente a los hombres. Eso también es real. No es una percepción; es una estructura. Y mientras esa estructura siga intacta, la igualdad seguirá siendo una promesa incumplida. Aún no llegamos a una igualdad efectiva. Aún las siguen matando.

No son hechos aislados ni inevitables.

Esa frase es fundamental. Porque cada femicidio es la consecuencia directa de una cadena de decisiones —o de omisiones— políticas. Cuando se desmantelan programas de prevención, cuando se recortan recursos de acompañamiento, cuando la justicia no escucha, cuando la policía minimiza, cuando nadie protege: el riesgo se multiplica. Y el resultado es lo que vemos hoy.

Son hijos e hijas creciendo sin sus madres. El 52% son menores de edad.

Son mujeres que, en muchos casos, ya habían denunciado, que ya habían pedido ayuda, que ya habían solicitado medidas de protección. Pero no fueron escuchadas. Las cifras duelen más cuando muestran que el 58% de los agresores eran parejas o exparejas. Que el hogar —ese espacio que se supone refugio— sigue siendo el lugar más inseguro para una mujer en situación de violencia: el 63% de los femicidios ocurrió ahí mismo, entre cuatro paredes que deberían cuidar, no encerrar.

En términos absolutos, Buenos Aires encabeza las estadísticas con 75 casos, seguida por Santa Fe, Córdoba y Chaco. Pero no se trata de un mapa del país: se trata de un mapa del terror cotidiano.
La violencia contra las mujeres no es un ruido de fondo. No es un tema más. No es algo que pueda ignorarse cambiando de canal o pasando rápido la página del diario. Es un problema estructural, y la estructura somos todos: las instituciones, la cultura, los silencios, las complicidades, las miradas hacia otro lado.

Si te molesta escucharla, imaginate sufrirla.

Esa debería ser la medida mínima de empatía. Pero no alcanza solo con escuchar o lamentar. La violencia no se combate con discursos aislados, sino con políticas consistentes, sostenidas y prioritarias. Y con una sociedad que deje de naturalizar lo insoportable.

No podemos permitir que las cifras sigan creciendo mientras repetimos frases como mantras que no modifican la realidad. Cada femicidio es un fracaso colectivo. Pero también puede ser —debe ser— un punto de quiebre. No para la víctima, que ya no está, sino para quienes seguimos acá. Porque lo que está en riesgo no es solo la vida de las mujeres: es la humanidad de todos.