Especial

Literatura

Campana Amanecer Literario

Quizás alguna vez oyeron hablar del misterio de la residencia Hume.

Quizás alguna vez oyeron hablar de la residencia Hume, o no, pero les parecerá una historia fascinante. A los amantes de la arquitectura no se les pasa que es la única residencia de antes del año mil ochocientos noventa y nueve que aún está habitada como mansión.
Construida en el año mil ochocientos noventa, emplazada en la intersección de la calle Rodríguez Peña y la avenida Alvear, se levanta imponente con su majestuosa vista y árboles dignos del Olimpo.
La dueña, según se sabe, vive ahí, o en sus campos, o en Estados Unidos. Sin mucha certeza, nunca se la ve por ahí.
Esa es la historia oficial; después está la otra historia.
La que se comenta por las calles y vecindarios.
Todo comenzó una vez que quisieron podar uno de los árboles que extendía sus ramas desde adentro de la casa hacia la calle. Sus ramas se entrecruzaban con las del museo del otro lado de la avenida, entrelazándose.
Era mucho, así que el gobierno mandó podarlos. Llegaron los operarios con sus podadoras y motosierras listos para hacer su tarea, y prepararon todo. Las escaleras arriba, los cinturones ceñidos, las cadenas afiladas, y comenzaron a subir.
No llegaron ni a la mitad del trayecto cuando las escaleras se sacudieron como si un terremoto las hubiera empujado de un lado al otro. Los operarios se aferraron fuerte y bajaron lo más rápido que sus piernas les permitieron.
Al cabo de unos segundos, el movimiento cesó.
Se miraron unos a otros tratando de ver el motivo del evento, qué fue lo que había pasado, pero nada: todo estaba en perfecto orden. Subieron una vez más y, una vez más, se repitió la escena. Las escaleras nuevamente se sacudieron como si un terremoto las hubiera empujado de un lado al otro; los operarios otra vez se aferraron fuerte y otra vez bajaron lo más rápido que sus piernas les permitieron.
La escena se volvió a repetir. Cambiaron las escaleras de lugar —que por un lado, que por el otro—; se preguntaban si sería el viento. Esa tarde estaba ventoso Buenos Aires.
Cansados y con las ganas clásicas de cualquier operario municipal, emprendieron la retirada para volver otro día.
A la mañana siguiente volvieron, esta vez más preparados: con sogas y arneses, ganchos para agarrar las ramas y listos para cortar esos gajos que molestaban. Otra vez repitieron la escena del día anterior. Las escaleras arriba, los cinturones ceñidos, las cadenas afiladas y comenzaron a subir.
Esta vez sí llegaron arriba, pero en ese momento una nube de abejas, que había hecho su colmena en un hueco del viejo ombú, se encargó de picarlos y asustarlos de tal manera que huyeron despavoridos. Fue otra la cuadrilla que tuvo que retirar las herramientas que habían abandonado.
De más está repetir lo que pasó, pero la escena se repitió una, otra y otra vez, hasta que abandonaron por cansancio. Si no eran las ramas, eran las abejas. Si no las abejas, era el viento. Si no el viento, eran las herramientas, que no hacían mella en los troncos y resbalaban como si estuvieran patinando sobre hielo.
Muchos años pasaron ya, más de cien. Dicen que la dueña vive en Estados Unidos. Pero todos los vecinos ya lo saben: la casa es del ombú.
 
 
Guillermo Fontes.