La violencia protagonizada por jóvenes en Campana no puede considerarse un conjunto de hechos aislados. Forma parte de un contexto social más amplio, que atraviesa a la provincia de Buenos Aires y al país, marcado por la desigualdad, la falta de oportunidades y la ausencia de horizontes claros para muchos adolescentes y jóvenes.
En nuestra ciudad, los jóvenes conviven con trayectorias educativas interrumpidas, limitadas oportunidades laborales y escasos espacios de participación comunitaria. Estas condiciones no solo afectan a determinados barrios, sino a Campana como un todo, donde los conflictos reflejan carencias que nos involucran a todos como sociedad.
La violencia se aprende y se reproduce en entornos donde faltan contención y referencias claras. La falta de espacios de escucha e inclusión no justifica los hechos, pero ayuda a comprender por qué se repiten y por qué las respuestas exclusivamente punitivas resultan insuficientes.
El Estado tiene un rol central. La articulación de escuelas, clubes y organizaciones sociales es clave para ofrecer contención y oportunidades a los jóvenes. Sin embargo, su acción debe complementarse con políticas de prevención integrales sostenidas en el tiempo, que incluyan educación, deporte, cultura y salud comunitaria.
La responsabilidad también es colectiva. La violencia juvenil no puede abordarse desde la indiferencia ni la fragmentación. Como comunidad, debemos generar entornos que fortalezcan la participación, los vínculos y la inclusión, donde en conjunto se aporte a un proyecto común.
Para 2026, existe un desafío concreto: actuar con decisión para que las juventudes encuentren oportunidades, acompañamiento y espacios de desarrollo. El futuro de la ciudad depende de nuestra capacidad de construir comunidad, fortalecer la cohesión social y garantizar que cada joven se sienta parte de una ciudad que lo contiene y lo impulsa a crecer.