Don Braulio va hablando solo, pisa el asfalto recalentado por el fuerte sol de la siesta, sus pies descalzos no sienten el calor que los agrede, está desesperado, lo acaban de llamar de la comisaría, Camilo, su Camilo, su orgullo…
¡No!, ¡No puede ser! No entiendo, te juro que no entiendo, tu, mi hijo, ¿Qué hago ahora? ¿Qué le digo a tu madre? Justo vos, el serio, el mejor, si hubiese sido tu hermano que es un tarambana, un tiro al aire, tenía razón tu madre que siempre dice –es así, alocado, pero tiene un gran corazón, es incapaz de hacer daño a alguien, en cambio tú, mi hijo perfecto, sembrando la muerte a tantos jóvenes, ¡a niños!, no, no eres tú, no puede ser que seas tú mi Camilo. La prisa que lleva, lo hace trastabillar, caer y levantarse una y otra vez, no llega nunca, nunca… la cinta de asfalto es larga, larga, interminable... ¿Cómo se lo digo a tu madre? ‘¿Cómo? No fue tu escuela hijo, quien te nubló los sesos, ¿La ambición? ¿No viste los chicos y chicas que destruías, lo que sufrían por tu culpa? Y ahora qué, qué ves lo que conseguiste, que un padre desesperado te baje de un tiro, está bien “caracho”, aunque me duela te lo digo, se quién es ese padre, pero no lo denunciaré, no, por el sol te lo juro, te lo juro por la luna. ¡Hijo!, ¡Hijo!, si pudiera dar la vida por la tuya lo haría, sí que lo haría.
Como un niño llora Don Braulio, a sollozos fuerte, entrecortados, de repente se detiene, borra sus lágrimas con el dorso de sus manos, no quiere llegar, no quiere pero está llegando, ya divisa el cuerpo cubierto con una sábana y gente, mucha gente, como si lo estuviese aguardando, sus pies aran el piso, siente que sus fuerzas lo abandonas, siente sus brazos largos, el peso de sus brazos no lo dejan avanza, pero lleva su cabeza alta, desafiante.
Ya está junto al cadáver, alguien pone sus manos sobre sus hombros, gira lentamente su cabeza y sus ojos se agrandan, se agrandan a más no poder.
¡Camilo! Balbucea…
Si papá soy yo. ¿Por qué?
Mira Braulio el cadáver, aún está cubierto por la sábana, incrédulo, titubeante. Se acerca solícito el comisario diciéndole:
Perdón Don Braulio, me equivoqué.
¿Se equivocó? ¿Nada más se equivocó?
Mira a Camilo desconcertado, lo acaricia trémulo…
Perdóname hijo (murmura)
Se lleva las manos al pecho y cae lentamente cerrando sus ojos para siempre.
(Camilo nunca supo por qué su padre le pidió perdón…)
NOEMI ANGELICA GONZALEZ (a) ÁNGELA
De la antología AMALGAMA - 2019